sábado, 16 de marzo de 2013

Capítulo 9 - Solo quiero que vuelva Hannah


-¿Hannah? -Mi voz titubeó. Mi cuerpo temblaba, no sabía que hacer o como reaccionar. Delante de mi estaba, pero no estaba Hannah-

Ella no contestó, y como si le costara empezó a caminar hacia mi, lenta pero decidida, sus ojos, sus ojos habían desaparecido y habían sido sustituidos por una mancha negra, el color del cielo. ¿Estaba todo llegando a su fin?

El vestido blanco de Hannah estaba también hecho trizas, sucio, como estaba toda su ropa cuando vino por primera vez a mi casa, sus manos parecían haber intentado hacer algo, escapar, pero no pudo. Su cuello presentaba moratones y su cabello estaba despeinado y lleno de barro.

Mi cuerpo, mis pulmones se quedaron sin aire cuando Hannah llegó a mi altura y se detuvo delante de mi. Me esperaba lo peor, me esperaba un ataque, me esperaba un grito, cualquier cosa, me esperaba cualquier cosa menos la que hizo.

Empezó a llorar.

Sus lágrimas eran del tamaño de una uña y todo su cuerpo temblaba incontrolablemente, sus puños antes sueltos, ahora estaban apretados y parecía querer hablar pero algo se lo impedía. Sus alas, negras como el carbón, estaban siendo arrastradas por el suelo, como si le costara mantenerlas erguidas sobre su espalda, estaban magulladas y visiblemente le faltaban muchas plumas. Antes de poder decir nada se desplomó.

El tiempo pareció pasar a cámara lenta, sus doblillas doblándose por la mitad, ella cayendo hacia el suelo mientras su vestido se iba hacia arriba de forma delicada y su pelo flotaba alrededor de su rostro. Su espalda no llegó a tocar del todo el suelo gracias a las alas. Pero antes, justo antes de caer pude ver lo que gesticulaba con sus labios. Lo siento y mi mundo, por millonésima vez, se vió destrozado y en un incendio mucho mayor que los anteriores. Podría ser el Apocalipsis, pero para mi, desde que Hannah se había ido, ya había empezado, y verla tirada en el suelo me abrió los ojos de que haría cualquier cosa por ella tuviera o no tuviera alas.

-Hannah -Me agaché y la levanté de la forma más delicada que supe del suelo. Estaba sudando y le costaba respirar, sus heridas de cerca mostraban un aspecto mil veces peor que de lejos, heridas sin curar e infectadas, si no eran tratadas no traerían nada bueno- Hannah por favor, me tienes que explicar todo esto -Aun que sabía que Hannah no me contestaría, necesitaba intentarlo, necesitaba probar suerte, pero de nuevo la suerte me falló, como otras tantas veces lo ha hecho-

Miré a mi alrededor, las calles estaban vacías, el cuerpo del hombre al que había decapitado había desparecido de la misma forma en la que Hannah lo había hecho días anteriores. La volví a mirar y aparté el pelo de su cara, cogí aire, cerré los ojos y deslicé mis brazos por debajo de sus piernas y su cintura y esperándome un gran peso la levanté como si de una pluma se tratara, no parecía que llevara alas, que ahora estaban plegadas sobre su espalda y a pesar de su color negro, eran suaves, tan suaves como las había imaginado en mis sueños. Hannah seguía estando allí.

Me vi corriendo hacia ningún lugar, solo con el objetivo de no soltar a Hannah, ahora que la había recuperado no la podía perder de nuevo. No ahora.

La cabeza de Hannah estaba apoyada contra mi hombro y me tranquilizaba pensar que ella estaba allí, conmigo y que en ese momento estábamos juntos. Su olor seguía siendo de frutas y vainilla, pero esta vez, tenía una especie de aura irresistible que te hace no querer soltarla nunca, aun que con o sin aura, yo no la habría soltado ni aun que me hubieran pagado millones.

Las piernas empezaban a pasarme factura, cada vez corría más despacio pero mi calma, a cada paso que daba, más me imponía que corriera, más y más rápido. Deseé tener yo también alas y poder volar y sacarnos de aquel maldito lugar que alguna vez fue mi hogar, y ahora era tan tétrico como estar en una casa encantada, solo que esta no tenía una salida y solo podías huir de los monstruos, que, esta vez, solo eran los incesables gritos de dolor que parecían, por su gesto, atormentar a Hannah, y su atormento, me asustaba. Hannah estaba sufriendo y no podía hacer nada para evitarlo.

Mis piernas se pararon en seco. Yo no ordené que lo hicieran, pero ellas lo hicieron, solas sin permiso, y los gritos cesaron. Hannah estaba despierta y clavaba su mirada en algo o alguien. Ahora Hannah estaba temblando de verdad y sus estremecimientos no paraban por muy fuerte que la abrazara.

Una corriente arrastró a Hannah de mis brazos, Hannah intentó sujetar mi mano, pero no pudo, sus ojos por una fracción de segundos volvieron a ser los suyos, y en ellos veía pánico. Hannah quería ser salvada.

La corriente se paro en una potente luz blanca, sin forma física, pero junto a ella, fuertemente estaba Hannah, sus alas ahora estaban fuertemente a ras del suelo y miraba al frente, sin expresión alguna, indiferente, como si le diera igual como acabara todo aquello, cerré los ojos intentando asimilarlo todo. Era demasiado para mi en tan poco tiempo.

La luz se hizo más fuerte y golpeó a Hannah haciéndola caer y junto a ella, sangre.

Mi cuerpo no pudo quedarse quieto y se precipitó sobre la luz blanca, y en milésimas de segundo, mi golpe fue de vuelto multiplicado por diez, tal vez por más, pero el dolor era insufrible, y desde el suelo pude mirar a Hannah que estaba todavía tirada sobre un pequeño charco de sangre que salia de sus alas. Seguramente sus alas sufrirían mucho más que yo.

La luz se multiplicó en once más, y de todas ellas, aparecieron más personas con alas, todas del mismo color. Un negro carbón que dañaba la vista y todos sus ojos imitaban al cielo, solo mirarlos daba miedo, y mientras más miraba más realidad me caía encima, pero mi maldita cabezonería rechazaba inminentemente aquella idea.

Me levanté al ver que cinco de las personas aladas se acercaba a Hannah con las intenciones muy bien escritas sobre sus caras sin expresión alguna, indiferente pero a la vez, tan llena de sentimientos. Sus corazones no latían, solo se oían sus pasos sobre el asfalto, sus pasos al chocar sus pies desnudos contra la carretera. Y el sonido de sus manos agarrando violentamente a Hannah.

Lo siguiente que recuerdo fue tirarme sobre todos ellos con la esperanza de que soltaran a Hannah y le dieran una oportunidad de escapar y aun que hubiera tenido alguna entre un millón, no lo habría hecho, seguía allí, en el suelo, esta vez sentada, como si fuera una clase de sumisa esperando su destino, sin rechistar ni ofrecer resistencias.

Dos personas aladas vinieron esta vez a por mi y el resto me rodeó dejando un hueco más grande en el medio para la luz blanca, que ahora se volvió de un color gris tenebroso. Me iba a meter en muchos líos y si no me metía yo en muchos líos acababa de meter a Hannah en ellos, que me acompañaba a mi lado, pero no de mi parte, estaba de parte de los demás, las personas que eran iguales a ellas. No la culpo, en esa situación yo tampoco me pondría de mi parte.

La luz no dijo nada, solo cambió velozmente de distintos colores y al color que cambiaba las personas aladas hacían algo. Empezaron a golpearme en todas partes, y Hannah se quedó quieta, observándome mientras caía e intentaba ponerme en pie con todas mis fuerzas. Nunca me he considerado débil hasta ese momento, nunca me he considerado una persona insignificante hasta ese momento, nunca me he considerado patético hasta aquel momento, y sabía que Dios me había abandonado a mi suerte pero no sabía que me odiara con toda su alma. Empecé a reírme y por sus gestos parecieron sorprenderse, todos al unísono miraron la luz blanca y ella se puso roja. Todos se apartaron de mi, yo aproveché para levantarme del suelo e intentar no perder más dignidad de la que ya había perdido.

-Habla -Me empujó una de las jóvenes aladas con el cabello celeste, su vestido esta vez era gris, al igual que el resto menos el de Hannah. Yo reí ante su trato y clavé mi mirada en ella-
-Hablo -Ella volvió a golpearme-
-No te creas superior, humano, no lo eres -No parecía enfadada. Sabía perfectamente que ella tenía todas las de ganar, y yo también-
-Vale vale, ¿qué queréis saber?
-Simplemente que la dejes en paz -Habló otra, esta vez con el cabello rosa claro mientras señalaba a Hannah, que estaba situada junto a la luz blanca y miraba a ninguna parte. La miré intentando conseguir que me devolviera la mirada, pero no lo hizo, hice una mueca burlona pero desperanzada-
-No -Dije con seguridad y noté como me golpeaban otra vez. En las costillas-
-¿Es tú última palabra? -Habló la de cabello verde-
-Si -Dije otra vez con seguridad en lo que decía-

Todos se volvieron a agrupar a mi alrededor y empezaban a empuñar arcos y espadas pero todos es pararon al ver a la luz blanca enrojecer, se apartaron dejándole sitio como si fuera un monumento o algo por el estilo, como si fuera algo nunca visto.

"Sabes que somos" -Habló la luz blanca, pero pareció que hablaba directamente en la mente de todos, como si no pudiera utilizar las palabras- "Y .... ¿Sigues desafiándonos?" -Volví a reír-
-Sé quien soy yo, y también sé lo que quiero -Me sorprendí a mi mismo por mis palabras, Hannah pareció no inmutarse, pero sus ojos parecieron brillar. La luz blanca pareció mostrar interés en mi comentario-
"Y ¿Qué quieres? ¿Al ángel Gabriel con alas negras, hijos con alas marrones, y el odio de toda una raza?" -Clavé mis ojos en la luz blanca-
-Yo no quiero al ángel Gabriel -Hannah me miró como si no comprendiera mis palabras y yo la sonreía mirándola solo a ella- Yo solo quiero que vuelva Hannah -Y con esas palabras, lo último que recuerdo fue que caí al suelo, pero el suelo que esperé que estuviera duro, era blando y cálido y en mi mente oía su voz claramente, la voz de Hannah como si intentara calmar mis heridas-

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